Historia de la Revuelta tagala (desde la perspectiva filipina)

Tom Matic IV

Tom Matic IV

Historia de la Revuelta tagala (desde la perspectiva filipina)

 

Esta es una no demasiado breve historia de lo que se conoció en España como la revuelta tagala y en Filipinas como la Revolución de 1896, en la que he tratado de sintetizar los hechos en la medida de lo posible aunque sin restar amplitud al conflicto. Y muchas gracias a los creadores de 1898 Miniaturas por permitirme compartir esta breve, heroica y trágica narrativa de nuestra historia común con la esperanza de fomentar un mayor aprecio y entendimiento entre nuestras dos naciones y pueblos. Mi ferviente deseo es el de honrar con esta pieza a aquellos que vivieron y murieron en esta época turbulenta.

La cruz y la espada. La colonización española de las Filipinas

Las Filipinas fueron una colonia del Imperio español durante más de 300 años. España impuso a los nativos –una mezcla de pueblos malayos, chinos, indios y pequeñas tribus indígenas– un gobierno colonial que gobernaría por medio de la espada, y una religión de Estado, la Iglesia católica, que lo haría por medio de la cruz. Los primeros conquistadores, Miguel López de Legazpi, Martín de Goiti y Juan de Salcedo, forjaron un imperio insular para España que los subsiguientes administradores-soldados se encargarían de ampliar y desarrollar. Mientras que las primeras llegadas se dieron en la isla central de Cebú, donde arribó Magallanes antes de su fatídico encuentro con el caudillo de Mactán, Legazpi eligió la floreciente ciudadela nativa de Maynila (supuestamente llamada así por los florecientes nílad de los manglares de la desembocadura del río Pasig) como sede del poder hispánico en las islas. Tras expulsar al cacique Suleimán con la ayuda de auxiliares nativos, comenzó a transformar los reinos islámicos malayos en una colonia católica española. Mientras, los valerosos intentos de reconquista de Suleimán acabaron en los marjales del cercano canal de Bangkusay.
Manila se convirtió en la “Siempre leal y distinguida ciudad”, la perla asiática de Nueva España cuyo virrey administraba la colonia. La empalizada de madera dio paso a con el tiempo a las enormes murallas abaluartadas del Fuerte de Santiago, pasando a denominarse a la ciudadela “intramuros”. Se estableció un lucrativo comercio principalmente con China, con el anual galeón de Manila-Acapulco como cordón umblical único con la metrópoli. España mantuvo el monopolio sobre el comercio y libró una serie de encarnizadas guerras tanto con los piratas chinos (así como sangrientos levantamientos chinos) como con los pertinaces holandeses, cuyas incursiones comenzaron en 1600 con la intrépida circunvalación del globo de Oliver van Noort. Aunque el oidor (juez) español don Antonio de Morga logró rechazar a van Noort en lo que solo puede describirse como una tragicomedia de errores, los holandeses continuarían asaltando Manila durante todo el siglo XVII, llevando a la instauración de un festivo religioso de carácter naval, La Naval de Manila, en el que se celebraba el hecho de armas por el que dos viejos galeones mercantes rechazaron a varios barcos pirata holandeses y “salvaron” la colonia.

España gobernó a los nativos por el sistema de divide y vencerás. Se otorgaron puestos clave en la administración a los caciques nativos, conocidos como Principalia, convertidos básicamente en recaudadores de impuestos glorificados, mientras que se explotaron las rivalidades entre tribus para asegurarse de que ningún grupo se convertía en lo suficientemente poderoso como para desatar una rebelión exitosa. La religión se erigió como una fuerza extremadamente poderosa y los clérigos en la isla no solo se convirtieron en figuras clave, sino en un auténtico poder en la sombra: una disputa en 1719 entre clérigos bajo el arzobispo de Manila, Francisco de la Cuesta, y el gobernador general Fernando Bustamante escaló hasta el punto en que, al parecer, los sacerdotes lideraron a una turba enfurecida que asaltó el palacio del gobernador general, acabando con la vida de este y de su hijo. Un arzobispo de Manila posterior, Manuel Rojo, ostentaba el cargo de gobernador cuando la Honorable Compañía de las Indias Orientales británica, recién conquistada la India, puso sus codiciosos ojos en las Filipinas.

 

La ciudad de Manila, pintura al óleo del interior de un baúl, circa 1640-1650, Museo de Arte José Luis Bello, Puebla, México. Tras el terremoto de 1645 Manila fue reconstruida y para finales del siglo XVII, había unos 600 edificios intramuros.
La ciudad de Manila, pintura al óleo del interior de un baúl, circa 1640-1650, Museo de Arte José Luis Bello, Puebla, México. Tras el terremoto de 1645 Manila fue reconstruida y para finales del siglo XVII, había unos 600 edificios intramuros.

En, 1762 los británicos lanzaron una invasión masiva de Luzón: desembarcaron justo al sur de la amurallada Manila y, tras capturar varias sólidas iglesias de piedra, pusieron la ciudad bajo asedio. El arzobispo Rojo exhortó al pueblo a resistir con apasionado fervor religioso, pero pronto descubrió que la fe no valía lo que tropas disciplinadas bajo un decidido liderazgo. La resistencia más tenaz estuvo protagonizada por los pampangos liderados por Manalastas, que asaltaron las líneas de asedio británicas armados solo con machetes, lanzas de bambú y arcos y flechas, pero pagaron un alto precio: el general británico alabó su coraje y dijo de ellos que “murieron como bestias, royendo las bayonetas”. Los británicos asaltaron y saquearon Manila, pero fueron incapaces de ampliar sus conquistas gracias a oficiales españoles como don Simón de Anda, oidor de la Real Audiencia, que se convirtió en el gobernador de facto tras la rendición y captura de Rojo, y a la obstinada resistencia de los nativos, que pelearon cada palmo de terreno. Finalmente, en 1763 los británicos abandonaron sus pretensiones sobre el archipiélago y Anda se convertiría en el siguiente gobernador general.

Al mismo tiempo que sucedía la invasión británica, estallaron tres rebeliones locales: la de Francisco Dagohoy (a cuyo hermano le había sido negada cristiana sepultura y cuya rebelión duró casi un siglo), la de un líder conocido coloquialmente como Palaris en el centro-norte de Luzón, y la del matrimonio Diego y Gabriela Silang. Esta última se convertiría en uno de los levantamientos antiespañoles más emblemáticos y, paradójicamente, comenzó con la recluta de una milicia por parte de Diego para combatir a los británicos. En lugar del agradecimiento debido, Diego terminó en la cárcel acusado de insurrección, la chispa que hizo estallar el motín. Los Silangs cosecharon tal éxito que los británicos les ofrecieron armarles y apoyarles como gobernantes locales (bajo hegemonía británica, por supuesto). Aterrorizados por esta posible alianza, los mandatarios españoles sobornaron a un amigo de Diego, Vicos, para que le asesinara. Tras su muerte Gabriela Silang tomó el mando de la rebelión, pero fue incapaz de resistir los renovados esfuerzos españoles por sofocar el alzamiento y tanto ella como los demás líderes acabarían en el cadalso.

De este modo, durante 300 años España fue capaz de mantener su dominio sobre el archipiélago gracias a la lealtad y cooperación de los nativos, pero se habían abierto las primeras grietas en su imagen de invencibilidad. La conquista británica de Manila mostró a los nativos que los españoles podían ser derrotados. Por otro lado, la apertura del Canal de Suez se tradujo en un mayor intercambio cultural entre Europa y las Filipinas.

El ejército colonial español

Como se ha dicho anteriormente, el gobierno colonial español era capaz de controlar a los nativos gracias al leal apoyo de los propios nativos (este fue, de hecho, el caso de casi todo imperio colonial, desde el vasto Imperio británico a los comparativamente pequeños dominios alemanes de ultramar). Así, las tropas nativas lideradas por españoles formaron la espina dorsal de las fuerzas de defensa insulares frente a invasores extranjeros, insurrecciones nativas y la omnipresente amenaza de los moros.

Los regimientos de infantería indígena del Ejército español en Filipinas se conocían como Regimientos Fijos, y los había para su empleo solo en las Filipinas y en las islas Carolinas. La numeración de estos regimientos continuaba la iniciada en Cuba, que llegaba hasta el 67.º. Así, los regimientos del 68.º al 74.º, así como tres tercios de la Guardia Civil (del 20.º al 22.º) constituían la principal guarnición de la isla. Aunque los reclutas eran propensos a la deserción, en general la mayoría permanecieron leales, incluso cuando estalló la Rebelión de 1896. Los regimientos indígenas eran:

  • 68.º Regimiento de Infantería (Legazpi): nombrado así en honor al conquistador que reclamó las Filipinas para España. Con base en Joló, servía en Luzón y en Mindanao con destacamentos en las islas Carolinas y de la Paragua (Palawan).
  • 69.º Regimiento de Infantería (Iberia): cuartel general en Zamboanga, presta servicio en Luzón.
  • 70.º Regimiento de Infantería (Magallanes): quizás el más infame regimiento indígena, recordado hasta el día de hoy como la unidad que proporcionó el pelotón de fusilamiento que ejecutó al Dr. José Rizal. Bautizada en honor de Fernando de Magallanes, descubridor de las Filipinas, es parte de la guarnición permanente de la capital y presta servicio en Luzón.
  • 71.º Regimiento de Infantería (Mindanao): bautizado con el nombre de la gran y belicosa isla de Mindanao. Con cuartel general en Iligan, presta servicio en Luzón y Mindanao.
  • 72.º Regimiento de Infantería (Visayas): toma el nombre del grupo de islas que ocupan el centro de Filipinas. Con cuartel general en Manila, presta servicio en Mindanao.
  • 73.º Regimiento de Infantería (Joló): nombre de las islas al sir de Mindanao, de mayoría musulmana, cuya neutralización fue considerada una gran victoria española. Con cuartel general en Manila, sirve en Luzón y Mindanao. Este regimiento se distinguió especialmente durante el sometimiento del alzamiento de Manila en 1896.
  • 74.º Regimiento de Infantería (Manila): porta el nombre de la “Siempre leal y distinguida ciudad”. Con base en Manila, sirve en Luzón y Mindanao.

 

Tropas españolas en Silang, provincia de Cavite.
Tropas españolas en Silang, provincia de Cavite.
Soldados españoles en Manila.
Soldados españoles en Manila.

Mientras que la infantería indígena protagonizó los principales combates en Mindanao y frente a la Revuelta tagala, fueron los tres tercios de la policía paramilitar, la Guardia Civil, los que se granjearon un descrédito legendario como los encargados de hacer cumplir las disposiciones del gobierno y de los frailes por la fuerza, papel este en que se les representa en la literatura popular revolucionaria como Noli Mi Tangere y El filibusterismo de Rizal.

Además de los tres mencionados tercios de policía paramilitar (20.º, 21.º y 22.º), el cuerpo de la Guardia Civil se completaba con un batallón de infantería y una tropa montada de Guardia Civil Veteranas (élite).
Otras tropas de defensa local incluían algo de caballería, el 6.º de Artillería de Montaña y el Regimiento de Artillería de la Plaza, para la defensa permanente de la capital. capital, así como un batallón disciplinario integrado por sospechosos de sedición, y un regimiento de Infantería de Marina.

Entre noviembre de 1896 y febrero de 1897 el Gobierno español despachó numerosos batallones de cazadores como refuerzo.

EL MOVIMIENTO DE PROPAGANDA Y EL SURGIMIENTO DEL KATIPUNAN

La rivalidad política en España entre liberales y conservadores y la apertura del canal de Suez se tradujeron en la expansión a Filipinas de nuevas ideas. El conflicto entre los párrocos seculares locales y el clero regular llegado de España coincidió en 1872 con un motín en el arsenal de Cavite con la soldada como causa. El resultante Motín de Cavite fue rápidamente sofocado y la culpa recayó en tres párrocos especialmente francos y “fastidiosos”, los padres Gómez, Burgos y Zamora, a los que se acusó injustamente de liderar el motín y se ejecutó al garrote. Este acto contra GOM-BUR-ZA, como pasarían a ser conocidos, prendió la indignación entre los nativos, especialmente entre las élites ilustradas, que lanzaron el Movimiento de Propaganda, con el erudito doctor José Rizal y el editor-propagandista Marcelo H. del Pilar como puntas de lanza. Del Pilar publicó el periódico La Solidaridad, que denunciaba los abusos coloniales españoles, y Rizal publicó dos novelas incendiarias que aún hoy moldean la conciencia nacional filipina: Noli Mi Tangere (“No me toques”, tomado de la escena entre Jesucristo y María Magdalena) y El Filibusterismo (o “El reino de la avaricia” en su título en inglés).

La situación llegó a un punto crítico cuando el recién retornado Rizal formó una organización de caballeros, La Liga Filipina, que contaba entre sus miembros a un joven entusiasta que trabajaba para una firma europea y era un apasionado del aprendizaje y la organización, Andrés Bonifacio. Los españoles inmediatamente arrestaron a Rizal, que fue exiliado a Dapitán, en Mindanao. Bonifacio reagrupó entonces a muchos de los miembros de la Liga Filipina junto con amigos y familiares y con ellos formó la “Suprema y Venerale Asociación de los Hijos del Pueblo” (Kataastaasan, Kagalang-galangan, Katipunan ng mga Anak ng Bayan), para la que adoptó una organización pseudomasónica con reclutamiento triangular, palabras clave, capuchas de colores y un ritual iniciático en el que el aspirante firmaba su adhesión con su propia sangre extraída de su brazo. Estos jóvenes desafectos pronto difundieron el evangelio del nacionalismo a lo ancho de la septentrional isla de Luzón y en las islas centrales de las Visayas.

Ritual de adscripción al Katipunan en el que se firmaba con sangre.
Ritual de adscripción al Katipunan en el que se firmaba con sangre.

El Katipunan creció exponencialmente bajo Bonifacio pero conseguir armas de fuego modernas era tarea imposible. Una disputa sobre la falta de armas entre Bonifacio y el recién reclutado jefe del Consejo Magdalo de Cavite, Emilio Aguinaldo, un joven granjero proveniente de una familia rural adinerada, llevó al primero a enviar mensajeros a Dapitán para obtener la bendición de Rizal, igualmente sin resultados. Rizal creía que los filipinos no estaba preparados para gobernarse y que, en todo caso, carecían de las armas y municiones suficientes. Enfurecido, Bonifacio estaba decidido a alzarse pronto, pero antes de que pudieran establecer la fecha, a comienzos de 1896 las autoridades españolas descubrieron el Katipunan y enviaron a la Guardia Civil a arrestar y encarcelar a sus miembros.

Impertérrito, Bonifacio reunió a sus seguidores y tomaron un camino sin vuelta atrás al rasgar sus cédulas (documentos fiscales), acto con el que manifestaban su rechazo al régimen colonial español. Ante el estallido de focos rebeldes a lo ancho de las islas, el gobernador español, el general Ramón Blanco y Erenas, declaró la ley marcial y trajo de vuelta al grueso de sus fuerzas de la guerra endémica que libraban contra los moros en Mindanao para proteger la capital, Manila.

 

LAS PRIMERAS BATALLAS

Tras varias escaramuzas iniciales, Bonifacio puso en marcha un ambicioso –y demasiado complejo– plan para tomar Manila, donde debían converger varias columnas de katipuneros tras cortar el suministro eléctrico a la capital, señal para las fuerzas rebeldes de la provincia limítrofe al sur, Cavite, y para los soldados sediciosos intramuros, mientras que otra columna se haría con el polvorín de San Juan del Monte. La mayoría de los katipuneros al mano de Bonifacio estaban armados con bolos (machetes) y lanzas de bambú y algunas pistolas y armas de fuego de su padre y de su madre. Hay referencias de que vestían pantalones rojos y que portaban bolos para pasar por devotos de un santo cuya festividad se celebraba en esos días.

Sin embargo, la falta de coordinación entre los grupos y la indecisión frente al polvorín (acción en la que solo murieron dos soldados españoles) permitió al resto de la guarnición escapar para refugiarse en un sólido edificio de dos plantas que albergaba la administración de aguas de Manila, llamada el Depósito. La naturaleza consultiva del liderazgo de Bonifacio (basada en reuniones de grupo o pulong) se tradujo en que los katipuneros fueron incapaces de realizar ningún avance frente a la desesperada guarnición del Depósito, que ganó tiempo hasta que una fuerza de rescate bajo el segundo cabo (lugarteniente del gobernador-general), el general Bernardo Echaluce y Jáuregui, al frente de apenas cien hombres del 73.º Regimiento de Infantería “Joló”, llegó a Manila y dispersó a los rebeldes. en la posterior persecución hasta Santa Mesa y a bordo de pequeñas barcas (bancas) por el río Pasig, los soldados españoles infligieron más de 150 bajas mortales a los kaptipuneros, hiriendo o apresando a otros 200-300. La reputación de Bonifacio como lñider militar sufrió gravemente por esta derrota.

 

Soldados españoles defienden una posición en las afueras de Manila.
Soldados españoles defienden una posición en las afueras de Manila.

Sin embargo, poco después de la debacle en San Juan del Monte, el jefe del Consejo Magdalo, Emilio Aguinaldo, derrotó a la guarnición local formada por guardias civiles y frailes armados en una hacienda del pueblo de Imus, en Cavite. Los españoles enviaron una fuerza bajo el general Ernesto de Aguirre para aplastar la rebelión, y el joven Aguinaldo se apresuró a salir en su encuentro cerca del puente de Zapote, en la frontera entre las provincias de Manila y Cavite. Pero por el camino fueron emboscadas por las tropas de Aguirre, que acabaron con la vida de muchos rebeldes. El propio Aguinaldo se vio obligado a esconderse entre los cadáveres hasta que la columna se hubo marchado. En lugar de proseguir hacia Cavite, Aguirre regresó a Manila para organizar una fuerza más numerosa, lo que permitió a Aguinaldo planear una estrategia que permitiera a sus hombres, pobremente armados y carentes de instrucción, jugar con la baza de librar una batalla defensiva en un terreno de su propia elección.

Tras fortificar las márgenes del río y destruir una parte del puente de piedra más allá de la vista de cualquiera que se aproximara desde Manila, estableció una zona a batir a bocajarro con sus cañones improvisados (lankata) y arcos y flechas, mientras que él portaba el Winchester de repetición que había “liberado” de la hacienda de los frailes. Cuando Aguirre regresó, se encontró frente a un ejército katipunero a la desesperada, fortificado en la orilla opuesta del río. Al cruzar el puente, sus soldados descubrieron que no podrían avanzar a través de la sección rota y mientras la columna era presa de la confusión, los katipuneros descargaron letales andanadas a bocajarro.

Aguinaldo asestó entonces el golpe de gracia. Poniéndose al frente de un grupo escogido de hombres, fueron río abajo y tras formar una cadena humana para cruzar el cauce de agua, atacaron el flanco de los desprevenidos españoles. Estos huyeron en confusión y arrojaron sus armas en su intento por cruzar los campos cenagosos, donde fueron masacrados por los katipuneros con crueldad vengativa. La terrible matanza aterrorizó al general Aguirre, que perdió su sable en su retirada del campo de batalla. Aguinaldo recogió este acero toledano marcado con la fecha 1869, el año de nacimiento del katipunero. “La diosa fortuna está de mi lado”, comentó.

EL TIEMPO DE LOS TAGALOS

Las noticias de la victoria en Imus se extendieron como la pólvora y más reclutas comenzaron a acudir desde otras provincias, unos huyendo de la ley marcial (el “Juez del Cuchillo”) impuesta por el gobierno, otros llevados por el fervor patriótico, como el joven estudiante de ingeniería Edilberto Evangelista, quien se reveló como un dotado ingeniero de fortificaciones, responsable de la construcción de las líneas de trincheras que protegían los principales baluartes katipuneros de Cavite.

El gobernador general, Blanco, reunió sus principales fuerzas, incluyendo cruceros e infantería de marina, y se lanzó contra los baluartes del katipunan caviteño: los pueblos de Binakayan, Dalahican y Noveleta. Durante varios días el ejército colonial español arremetió con todo su poder contra las trincheras de Cavite mientras que los filipinos lanzaban desesperadas incursiones contra las tropas españolas para tratar de arrebatarles sus armas (“agaw-armas”). Los repetidos asaltos de infantería apoyados por un bombardeo artillero y naval no consiguieron doblegar a los filipinos aunque el mejor amigo de Aguinaldo, Cándido Tirona, murió durante los combates. Finalmente los españoles se retiraron tras haber sufrido numerosas bajas, dejando la provincia de Cavite en manos de los insurrectos. El interludio pacífico entre la victoria en la batalla de Binakayan-Dalahican a comienzos de noviembre de 1896 y la continuación de la ofensiva española en febrero de 1897 sería conocido en Cavite como Ang Panahón ng Tagalog, “el tiempo de los tagalos”.

Desafortunadamente para los revolucionarios, la situación comenzó a descomponerse. Blanco, que había decepcionado por su tibia respuesta, fue reemplazado por su segundo cabo, el implacable Camilo de Polavieja, quien inició una etapa de arrestos, torturas y ejecuciones de rebeldes, incluyendo los líderes capturados en San Martín del Monte, patriotas filipinos adinerados sospechosos de apoyar la revolución y finalmente José Rizal, fusilado tras una farsa de juicio en el campo de Bagumbayan, al este de la ciudad amurallada (también llamada “Luneta”) el 30 de diciembre de 1896. Contrariamente a lo que parece pensarse fuera de Filipinas, la ejecución de Rizal no fue la causa del levantamiento, sino consecuencia del mismo (que se desarrollaba desde agosto de 1896).

 

Insurrectos tagalos. Nótese el fusil Remington y el bolo que lleva al cinto el rebelde de la derecha.
Insurrectos tagalos. Nótese el fusil Remington y el bolo que lleva al cinto el rebelde de la derecha.
Sandatahan armado con una ballesta, norte de Luzón, 1898
Sandatahan armado con una ballesta, norte de Luzón, 1898

Polavieja también contaba con varios miles de tropas frescas, en su mayoría soldados veteranos de los regimientos de cazadores enviados desde España al inicio de la Rebelión en agosto-septiembre. Por contra, y a pesar de las afirmaciones de los nacionalistas filipinos, incluso en la actualidad, el Katipunan nunca fue un gobierno unificado, sino más bien una confederación de consejos (Sanggunian) más o menos próximos entre sí de los que se esperaba que se atuvieran a los deseos del Katipunan de Manila bajo la autoridad del supremo, Bonifacio, aunque en realidad no estuvieran obligados a hacerlo. Como ocurrió con las guerrillas españolas que se enfrentaron a Napoleón, no había una cabeza real de la rebelión, sino muchos grupos locales con los que lidiar uno tras otro. De este modo, “En 1898, algunos miembros del Katipunan fundaron la República del Karakong en Caracong de Sile, en la provincia de Bulacán, en la isla de Luzón. Allí construyeron una auténtica fortaleza rodeando el asentamiento, que protegieron con cerca de 6000 hombres. Pero el 1 de enero de 1897, una columna de 600 soldados españoles asaltaron y ocuparon la fortaleza, y ese fue el fin de la esta breve república.”

Kakarong de Sili lo formó un grupo escindido de revolucionarios bajo Eusebio Roque, coloquialmente conocido como “maestro Sebio”, y fue capaz de sobrevivir mientras el esfuerzo principal del antiguo gobernador general Blanco se dirigió hacia Cavite, pero el nuevo gobernador general (o más exactamente, capitán general dada su función militar) Polavieja decidió aplastar la ciudadela con sus tropas de refresco.

Mientras, los dos consejos (Sanggunian) que lideraron con éxito el Katipunan de Cavite –Magdiwang, el más grande, bajo el poderoso clan Álvarez, y el de mayor prestigio y éxito militar, el Magdalo, bajo el clan Aguinaldo– se vieron inmersos en una amistosa rivalidad que fue degenerando en enfrentamiento. Ambos acordaron que la asamblea consultiva del Katipunan debía sustituirse por un mando centralizado y jerarquiado y pronto resultó evidente que el propio Katipunan estaba obsoleto: no existía un liderazgo o dirección de la revolución centrales, Bonifacio fue incapaz de domeñar a los dispares consejos regionales a su voluntar y resultaba obvio que los españoles se estaban preparando para un segundo asalto más intenso y mortífero. Además, muchos de los nuevos reclutas, como Evangelista, que aunque revolucionarios, no eran katipuneros. Por todo ello, se decidió elegir un gobierno central.

Los Álvarez trataron de localizar a Bonifacio, que se había ocultado en las colinas, pero tras mucho tiempo y persistencia dieron con el supremo y finalmente le convencieron para que fuera a Cavite, presumiblemente para unir a las dos facciones allí enfrentadas. Bonifacio, que había perdido buena parte de su reputación y capacidad de mando, y había, en sus propias palabras, “fracasado en capturar un solo pueblo para reagruparse o defender”, necesitaba desesperadamente recobrar el mando del cambiante rumbo de la revolución. Mientras, el joven Emilio Aguinaldo ansiaba evitar verse como candidato a la presidencia, para la cual prefería al erudito Edilberto Evangelista, al más experimentado Licerio Topacio, o a su primo Baldomero Aguinaldo, mucho más diestro políticamente hablando que él. Emilio, el hijo menor de la familia, no había completado sus estudios y tenía cierto complejo de inferioridad, pero se dedicaría en cuerpo y alma a sus electores (más tarde a sus soldados y, finalmente, a su nación).

EL CONFLICTO BONIFACIO-AGUINALDO Y LA APISONADORA LACHAMBRE

Polavieja inició la campaña con una formidable invasión dividida en dos alas: con la mitad de su fuerza lideró un ataque en dirección sur vía el puente de Zapote, y con la otra mitad, agrupada en una imponente división bajo las órdenes del general José Lachambre, envolvería el flanco oriental a través de la provincia de Laguna y marcharía contra el baluarte Caviteño de Imus desde el sureste.

Apresurándose para hacer frente a las tropas del capitán general, Evangelista mantuvo en su poder el estratégico puente de Zapote y durante el enfrentamiento sus hombres mataron a uno de los generales españoles, pero fue una victoria pírrica dado que el propio Evangelista fue alcanzado por un tirador enemigo y murió en febrero de 1897. Mientras las dos pinzas se cernían sobre los defensores caviteños, la arena política se embarraba con Bonifacio abiertamente alineado con el Consejo de Magdiwang (que después de todo eran su familia política) y actuando “como un déspota”, haciendo cundir los rumores sobre sus aires de majestad y su aspiración de coronarse a sí mismo como rey de los tagalos. Tanto Magdiwang como Magdalo se recriminaban mutuamente el venderse a los españoles, mientras que se acusaba a la hermana de Bonifacio de ser la puta de un cura y al propio Bonifacio de agente provocador de los frailes.

Finalmente, en la elección de Tejeros, Bonifacio (nombrado presidente honorario de la convención como deferencia a su título de “supremo”) fue incapaz de imponerse en la votación para la presidencia a un ausente Emilio Aguinaldo, que se encontraba defendiendo las líneas filipinas en Pasong Santol con su hermano mayor, el general Críspulo Aguinaldo. Cuando finalmente Bonifacio resultó elegido director de Interior (puesto que se ajustaba a sus dotes organizativas y a su carismático liderazgo), el hermano menor del héroe caído Cándido Tirona, Daniel, destacó despectivamente la falta de cualificación para el puesto de Bonifacio, y sugirió un abogado caviteño mucho más preparado. Comprensiblemente contrariado, Bonifacio perdió los papeles y, desenfundando su pistola, hubiera disparado a Daniel (que se esfumó) de no haber intervenido para sujetarle su leal seguidor Artemio Ricarte, que había sido nombrado capitán general del Ejército revolucionario.

Encontronzo durante la Convención de Tejeros.
Encontronzo durante la Convención de Tejeros.

Bonifacio declaró entonces nula la convención, violando su propio juramento de respetar los resultados de las elecciones que, como presidente de la convención, obligó a prestar a todos los asistentes. Junto con otros cargos del Magdiwang redactó el Acta de Tejeros, en la que denunciaba a los cuatro vientos el supuesto fraude electoral (como señala Glen Anthony May, un elemento congénito y endémico en las elecciones de los gobiernos locales durante el periodo colonial español) y que la convención no tenía validez, a pesar de que el Magdiwang había obtenido siete de las nueve carteras y solo Emilio y Baldomero obtuvieron representación pata el Magdalo (lo que le lleva a uno a preguntarse realmente quién engañó a quién).

Desde el frente, Aguinaldo, al recibir noticias de su victoria política, rehusó abandonar su puesto. Mientras, Bonifacio, escocido aún por su derrota y humillación, conspiró (según Aguinaldo) con Ricarte para evitar que llegaran refuerzos al frente de Pasong Santol. Si esto es cierto, Bonifacio estaría tratando de matar a Aguinaldo con balas españolas privándole de socorro. Fue Críspulo, en cambio, el que juró mantener las defensas hasta que su hermano regresara de Tanza, donde prestaría juramento. “Si te alcanzan”, dijo Críspulo sombríamente “será por encima de mi cadáver”.

Sin embargo, los españoles terminaron por superar las defensas de Pasong Santol y Críspulo Aguinaldo, lacerado por múltiples heridas, fue finalmente alcanzado por un cazador español. Malherido, fue transportado a un hospital de campaña español, donde falleció.

Emilio se precipitó de vuelta al frente, donde esa noche buscó a su hermano entre los cadáveres mientras que los soldados españoles se preguntaban por qué los filipinos estaba extrañamente silenciosos sin realizar disparos al azar contra ellos.

La ruptura de las defensas filipinas obligó a la hasta entonces exitosa rebelión de Cavite a ponerse a la defensiva. Para tratar de frenar el deterioro de la situación, Bonifacio trató de cooperar con los generales del Magdalo Mariano Noriel y Pío del Pilar y formar su propio gobierno militar, el Pacto Militar de Naik, que puso todas las fuerzas revolucionarias bajo el mando de Pío del Pilar. Toda fuerza revolucionaria debía integrarse a la fuerza dentro del “auténtico” ejército revolucionario. Aguinaldo se enteró de esto con tiempo suficiente como para traer a los dos generales, que manifestaban airadamente su lealtad, de vuelta al redil. Bonifacio prometió volver a la provincia de Manila/Morong, pero (supuestamente) no sin antes parar en un pueblo del Magdiwang, Indang, donde se hacinaban famélicos refugiados (el enorme influjo de refugiados, o alsa balutan, de otras provincias como consecuencia de las malas cosechas, dado que la Revolución tuvo lugar en la temporada de lluvias, estaba provocando la hambruna en Cavite). Allí exigió que el pueblo alimentara y aprovisionara a sus tropas y cuando se negaron, Bonifacio (supuestamente) asaltó Indang como un bandido cualquiera, saqueándolo en busca de comida e incendiando el campanario de la iglesia. Por si no fuera poco, se extendió el rumor de que Bonifacio había robado el cofre de guerra revolucionario (las finanzas) y pretendía entregarlo a Lachambre a cambio del perdón. Todo esto llevó a ordenar el arresto de Bonifacio.

En un violento encontronazo entre los hermanos Bonifacio –las tropas que consideraba leales habían huido alegando que no combatirían a sus compatriotas– y las tropas enviadas a arrestarle, al mando de los coroneles Agapito “Yntong” Bonzon, Ignacio “Yntsik” (“Chino”) Paua y Tomás Mascardo, Bonifacio y uno de sus hermanos resultaron heridos, y otro muerto. Bonifacio fue llevado ante un consejo de guerra instituido por el nuevo gobierno revolucionario, que lo declaró culpable y lo condenó a muerte.

Considerando que las cosas habían ido demasiado lejos, el nuevo presidente electo era favorable a conmutar la pena capital por exilio, pero hubo de enfrentarse a una amplia oposición, especialmente por parte de Mariano Noriel y Pío del Pilar, los dos generales que mutaron sus lealtades a Bonifacio en Maik. Temiendo por su propia vida si perdonaba a Bonifacio, Aguinaldo terminó firmando a regañadientes la pena a muerte del supremo.

Bonifacio, antiguo supremo del Katipunan que había recogido el sueño prendido por Rizal cuando escribió El filibusterismo y lo había tornado en fuego y sangre, fue ejecutado por un escuadrón de fusilamiento al mando del comandante Lázaro Makapagal.

BIAK NA BATO Y EXILIO

Mientras que esto pudo haber satisfecho la vengativa sed de sangre de parte de los líderes revolucionarios, principalmente todos los que veían a Bonifacio como la razón del declinar de su fortuna en Cavite, no supuso un revulsivo para la marcha del conflicto. Aguinaldo se vio obligado a abandonar Cavite, desde donde se dirigió al norte, pasando Manila, a la provincia de Bulacán, donde enlazó con los generales revolucionarios que combatían a los españoles en el centro de Luzón. Mientras, un cansado Polavieja pidió ser relevado, y el Gobierno envió a Filipinas en si lugar al capitán general Fernando Primo de Rivera, al que acompañaría su sobrino Miguel.

Primo de Rivera entendió que a pesar del varapalo de Cavite, los filipinos conservaban su espíritu de lucha. De nuevo, la estructura confederal de la rebelión previno el colapso general cuando su núcleo fue derrotado. Los generales del centro de Luzón se unieron para derrotar a las tropas de Primo de Rivera en Aliaga mientras Aguinaldo se ocultaba en la fortaleza de montaña de Biak na Bato (“piedra quebrada”). A los problemas de Primo de Rivera se unió el rechazo de España a continuar apoyando la guerra en las Filipinas. Con dos rebeliones en ambos extremos del globo, España quería poner fin a la rebelión de forma rápida.

Inicialmente Aguinaldo rechazó negociar pero finalmente le convencieron de que se reuniera con los emisarios de Primo de Rivera. En virtud del tratado de paz de Biak na Bato, las autoridades españolas aceptaban pagar a Aguinaldo una suma de dinero considerable cambio de que este marchara al exilio. Se abonarían nuevas sumas a los generales que permanecieran en el país, todo ello acompañado de promesas de reforma y restitución hechas por España. El coronel Miguel Primo de Rivera sería el “rehén” oficial enviado por el Gobierno español como garantía del cumplimiento de los términos.

Mientras que los actuales filipinos ven este tratado como una traición y venta de la revolución (así fue mostrado por España), en el momento se vio como una gran victoria: por primera vez se trató con respeto y se negoció con un líder y un gobierno filipinos, casi como si se tratara de un estado legítimo. El propio Aguinaldo decidió no gastar el dinero recibido, que ingresó en un depósito. Tanto el como su “Junta de Hong Kong” vivirían de los magros intereses. Posteriormente negociaría con el cónsul estadounidense Rounseville Wildman y con el revolucionario chino Sun Yat Sen la compra de fusiles Mauser con los que reiniciar la revolución.

ENTRA AMÉRICA, SALE ESPAÑA

Tras la victoria estadounidense en la batalla de Cavite, Aguinaldo regresó a las Filipinas en un buque de guerra americano. Su vuelta prendió un levantamiento generalizado de los rebeldes nativos, que se abalanzaron sobre las debilitadas y aisladas guarniciones españolas por todo el archipiélago. Las fuerzas españolas en Cavite fueron derrotadas en la batalla de Alapán, donde ondeó por primera vez la nueva bandera filipina. Para asombro de Dewey u de la administración española, Aguinaldo fue capaz de asegurar la mayor parte de Luzón y de las Visayas, con al excepción de las guarniciones de Baler, de Zamboanga y, por descontado, de la “Siempre leal y distinguida ciudad” de Manila. Con órdenes directas de España de no rendir la ciudad a los rebeldes, el gobernador general Fermín Jaudenes negoció en secreto con los comandantes militares estadounidenses librar una batalla ficticia que salvara el honor español y concediera a los americanos la victoria que anhelaban, dejando a los filipinos con las manos vacías. Los estadounidenses aceptaron.

El 13 de agosto de 1898 líneas de soldados de infantería norteamericanos vistiendo camisas azules emergieron de sus trincheras y avanzaron contra los defensores españoles. El fuego esporádico produjo un puñado de bajas pero al final, la bandera española que durante tres siglos había ondeado sobre Manila era tristemente arriada y reemplazada por las barras y estrellas norteamericanas. Los “tres siglos en el convento” habían acabado para los nativos, sustituidos por “cincuenta años de Hollywood”.

Tropas estadounidenses izan la bandera en el Fuerte de San Antonio de Abad, Malate (1899).
Tropas estadounidenses izan la bandera en el Fuerte de San Antonio de Abad, Malate (1899).

Los meses siguientes fueron testigo del rápido deterioro de las relaciones entre los hasta ahora aliados, los filipinos de Aguinaldo y el ejército estadounidense. La proclamación de la Asimilación Benevolente ponía de manifiesto que los americanos habían venido para quedarse y las esperanzas de que el movimiento pacifista consiguiera frenar la ratificación del Congreso del Tratado de París, por el cual España vendía el archipiélago a EE. UU. por 20 millones de dólares, se vieron frustradas por el estallido de las hostilidades entre el 4 y el 5 de febrero de 1899. Comenzó una sangrienta guerra de contrainsurgencia en la que los filipinos –junto con numerosos españoles que se les habían unido, tanto forzosamente como por propia voluntad– hubieron de hacer frente a un enemigo que trataría de hacer parecer la Revuelta tagala como una bronca de bar. La Guerra Filipino-Estadounidense, el primer conflicto de desgaste en ultramar para los norteamericanos, había comenzado.

EL KATIPUNAN O EL EJÉRCITO REVOLUCIONARIO

Cabe diferenciar este del posterior y más organizado Ejército Filipino de Liberación. Las tropas del Katipunan eran esencialmente una fuerza tribal/de clan dependiente de los consejos locales y sus oficiales, algunos de los que desempeñaban tareas militares y otros administrativas, aun manteniendo el rango.

  • Guardias: familiares y amigos o sirvientes cercanos al líder, con mayor nivel de resistencia y mejor acceso a las armas de fuego, espercialmente según progresaba la revolución.
  • Katipuneros: reclutas armados principalmente con lanzas de bambú, arcos y flechas y el ubicuo machete (bolo), aunque podían contar con algunas pistolas.
  • Sandatahanes (literalmente “espaderos”): tropas de choque caracterizadas por su resistencia y fanatismo armadas con bolos y muy efectivas en el cuerpo a cuerpo. Superiores a los katipuneros.
  • Kawal (literalmente “soldados”): reclutas a los que se había suministrado fusiles capturados al enemigo, aunque no especialmente efectivos salvo a bocajarro. Superiores a los katipuneros
  • Veteranas: desertores del ejército colonial español, con una cierta capacidad de instrucción para mejorar el empleo de armas de fuego entre los kawal.
  • Tiradores: tropas Kawal instruidas bajo el liderazgo de los Veteranas, bastante efectivos a medio alcance. Superiores a los kawal
  • Comandante: oficial de grado medio capaz de liderar tropas en combate. Tras ascender desde teniente, sería un oficial bastante experimentado.
  • Coronel: oficial de alto rango, algunos ascendieron por méritos pero la mayoría, como los autoproclamados generales, debían el nombramiento a contactos políticos y capacidad de recluta. Su calidad de liderazgo era muy diversa.
  • Los filipinos no tenían tropas a caballo, aunque lo compensaban con su gran habilidad para ocultarse en el terreno y maniobrar fuera del alcance de fusil.
  • El armamento principal de la tropa consistía principalmente en fusiles Remington capturados a las tropas indígenas españolas. Posteriormente serían capaces de conseguir fusiles Mauser, más letales.

Daniel Tirona, responsable del incidente con Bonifacio en la Convención de Tejeros, era el responsable de un programa de recuperación de cartuchos por el cual niños pequeños batían los campos de batalla en pos de cartuchos gastados que eran rellenados de nuevo con pólvora negra de producción local y dudosa calidad.

 

Cuando Emilio Aguinaldo declaró la guerra a los Estados Unidos, asimiló las fuerzas del Katipunan, aquí vestidas con uniformes españoles, a su propio ejército. Al fondo, a la derecha, podemos observar una bandera con un sol en su centro, pervivencia de las insignias del Katipunan.
Cuando Emilio Aguinaldo declaró la guerra a los Estados Unidos, asimiló las fuerzas del Katipunan, aquí vestidas con uniformes españoles, a su propio ejército. Al fondo, a la derecha, podemos observar una bandera con un sol en su centro, pervivencia de las insignias del Katipunan.

También hubo una fundición de piezas de artillería bajo el mando del general chino-filipino José Ignacio Paua, en la que se fabricaban pequeños cañones llamados “lantaka”.

Asimismo, existen evidencias en las memorias del Sr. Santiago Álvarez (líder del Consejo Magdiwang de Cavite y familia política del supremo Andrés Bonifacio) de que las tropas del Magdiwang vestían una suerte de uniforme negro con distintivos de rango rojos, mientras que los soldados del Magdalo copiaron el rayadillo español.

La era de la Revuelta tagala fue un conflicto a lo Juego de tronos, con señores de la guerra y consejos locales virtualmente autónomos del Katipunan de Manila de Bonifacio, por mucho respeto que se le profesara al supremo. Las fuerzas rebeldes carecían de uniformidad, con los katipuneros vistiendo sus ropas de civil, con distintivos de rango o de grupo, o uniformes españoles capturados con correajes con cartucheras para el Remington que les dotaban de un aire más marcial. La mayoría de las fotografías muestran el uso de guerreras blancas o de rayadillo con cuatro bolsillos, con aperturas para el sable y la pistola de acuerdo con la moda militar española.

Bibliografía

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Vol 7 – The Awakening (late 19th Century)
Vol 6 – Roots of National Identity (18th/19th Centuries)
Vol 5 – Bajo las Campanas (17th/18th Centuries)
Filipinos at War – Carlos Quirino
A Question of Heroes – Nick Joaquin
The First Filipino – Leon Ma.Guerrero
Paghihimagsik Nang 1896-1897 – Isagani Medina
The Truth about Aguinaldo and other Heroes – Alfredo B. Saulo
The Katipunan and the Revolution: Memoirs of a General – Santiago Alvarez (memoirs)
The Memoirs of General Artemio Ricarte – Artemio Ricarte (memoirs)
The Tinio Brigade: Anti American Resistance in the Ilocos Provinces, 1899-1901 – Orlino Ochosa
Inventing a Hero: The Posthumous Recreation of Andres Bonifacio – Glen Anthony May
Great Filipino Battles – Monina Mercado

Little Brown Brother – Leon Wolff
Benevolent Assimilation: The American Conquest of the Philippines 1899-1903 – Stuart Creighton Miller
In Our Image: America’s Empire in the Philippines – Stanley Karnow
Sitting in Darkness: Americans in the Philippines – David Haward Bain
The Philippine War 1899-1902 – Brian McAllister Linn
Inside the Spanish-American War: A History Based on First-Person Accounts – James McCaffrey
Uncle Sam’s Little Wars: The Spanish-American War, Philippine Insurrection, and Boxer Rebellion, 1898-1902 (G.I. Series) – John Langellier
Spanish-American War (Brassey’s History of Uniforms) – Ron Field
The Spanish-American War and the Philippine Insurrection – Alejandro de Quesada for Osprey Militaria
San Juan Hill 1898: America’s Emergence as a World Power – Angus Konstam for Osprey Militaria
Roosevelt’s Rough Riders – Alejandro de Quesada for Osprey Militaria
Counterinsurgency in Modern Warfare – Daniel Marston, Carter Malkasian
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Empire By Default – Ivan Musicant
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The Savage Wars of Peace – Max Boot
The American Rifle – Alexander Rose
The Rise and Fall of Antonio Luna – Vivencio Jose
As our might grows less: The Philippine-American War in Context – Jose Amiel Palma Angeles (thesis)
Warfare by Pulong – Glen Anthony May (article)
The Filipino Junta in Hong Kong, 1898-1903: History of a Revolutionary Organization – Ronald Bell (thesis)

The Philippine American War – Arnaldo Dumindin – http://philippineamericanwar.webs.com/
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Los Rayadillos: The Spanish Colonial Uniform Research Project – William K. Combs
http://www.agmohio.com/losrayadillos.htm
The Kahimyang Book Archive:
http://kahimyang.info/kauswagan/Downloads.xhtml