En el Mausoleo de los héroes de Cuba y Filipinas del cementerio de la Almudena de Madrid, entre figuras como Eloy Gonzalo, héroe de Cascorro, o Vara del Rey, héroe de El Caney, descansan los restos de un franciscano de Madridejos que unió su destino al de los héroes de Baler, los últimos de Filipinas, fray Cándido Gómez Carreño.

 

Los franciscanos en Filipinas

 

La escasa presencia española en Filipinas y el limitado mestizaje (se calcula 3500 de los primeros y 20 000 de los segundos para 1842), la dejación que siempre hizo el Gobierno del archipiélago y los escasos incentivos que encontraban tanto funcionarios como militares (en muchos casos, lo peor de cada casa), otorgaron a las órdenes religiosas, entre ellas los franciscanos, un papel fundamental tanto en la administración de las islas como único puente entre la sociedad europea y la filipina. “Es más importante para la conservación de la colonia 200 religiosos que 2000 bayonetas”, comentaba el capitán general Pedro Antonio Salazar en 1837 en una de sus cartas.

En su afán evangelizador, las órdenes, exclusivamente integradas por frailes españoles, habían llegado hasta los últimos confines del archipiélago, haciéndose cargo a principios del XIX de casi la mitad de las parroquias. El párroco era, en la mayoría de los casos, el único hombre blanco de su comunidad, y por supuesto el único que hablaba la lengua local.

El creciente clima de desconfianza que se comenzó a suscitar en torno al clero secular, integrado mayoritariamente por filipinos, mezcla de racismo y prejuicios políticos –no olvidemos el destacado papel de algunos clérigos (como Hidalgo o Morelos) en la reciente independencia de los territorios americanos– vino a reforzar aún más la enorme influencia política y poder económico de las órdenes al promover la devolución de las parroquias secularizadas a las mismas, motivo de agrias polémicas con el clero secular filipino que vendrían a alienar aún más a la población local.

De izquierda a derecha, los padres Minaya, López Guillén y fray Cándido Gómez Carreño

De izquierda a derecha, los padres Minaya, López Guillén y fray Cándido Gómez Carreño

 

Fray Cándido Gómez Carreño y la insurrección tagala

 

Baler, fundada en la costa oriental de Luzón en 1609 por misioneros franciscanos, en 1897 no llegaba a los 2000 habitantes, pero contaba con una iglesia donde residía su párroco, fray Cándido Gómez Carreño. Natural de Madridejos (Toledo), tras ser ordenado en 1885 había llegado a Manila en 1893 para ser destinado a Baler. En el contexto de la insurrección tagala, se envió a Baler una guarnición de 50 soldados del Batallón Expedicionario de Cazadores n.º2 al mando del teniente José Mota, que aún no cumplía los 20 años.

Sabedores de esta circunstancia, los katipiuneros atacaron Baler el 4 de octubre, masacrando a la guarnición. José Mota se voló la cabeza antes de ser capturado. Fray Cándido Gómez Carreño se internó en la selva junto con un cabo de la Guardia Civil para escapar, pero tras varios días fueron capturados y trasladados al cuartel general de Aguinaldo, en Biak-na-Bató, donde fueron condenados a muerte. Sin embargo, la subsiguiente paz, firmada el 14 de diciembre, conllevó la liberación de los prisioneros, el día 20 de ese mes.

Ya en Manila, fray Cándido Gómez Carreño solicitó su regreso a España, pero al serle denegado, decidió permanecer como párroco de Baler.

Las tropas del teniente coronel Tecsón en Baler (mayo de 1899, La Ilustración Artística, M. Arias y Rodríguez)

Las tropas del teniente coronel Tecsón en Baler (mayo de 1899, La Ilustración Artística, M. Arias y Rodríguez)

El sitio de Baler

 

Fray Cándido Gómez Carreño regresó a Baler en febrero de 1898 de otros 50 soldados del Batallón de Cazadores n.º2, esta vez al mando del capitán Enrique de las Morenas y Fossi. A pesar de la paz firmada en Biak-na-Bató, el clima se fue haciendo cada vez más hostil y, en previsión, fray Cándido Gómez Carreño decidió adquirir “70 cavanes de palay” (70 barriles de arroz con cáscara) para suplementar los suministros para cuatro meses que había traído consigo la guarnición.

A finales de mayo les llegan noticias del estallido de la guerra con EE. UU. y un mes más tarde, los habitantes de Baler comienzan a abandonar sus casas, preludio inequívoco del inicio del sitio, el 27 de junio de 1898.

Durante los meses siguientes, fray Cándido Gómez Carreño “fue un auténtico paño de lágrimas para esos héroes”, en palabras del padre Minaya, otro de los dos franciscanos que el 20 de agosto llegaron a Baler con una carta en la que se conminaba a la guarnición española a la rendición. Su carácter enérgico y decidido y la fortaleza de su fe fueron sin duda un imprescindible refuerzo moral para los soldados, de los que supo ganarse su aprecio, quizás con la salvedad del teniente Martín Cerezo, del que le separaban diferencias insalvables.

Tras la capitulación de Manila, el 25 de agosto un segundo emisario llegó a Baler para solicitar la rendición. Este era un antiguo vecino del pueblo conocido de Carreño, pero el fraile, ya enfermo de disentería y beriberi –principal azote de los españoles–, fue incapaz de reconocerle.

De izquierda a derecha, los padres Mariano Gil Atienza (prisionero de los rebeldes en Baler y testigo exterior del asedio), López Guillén y Minaya, tras ser liberados por los estadounidenses en junio de 1900. Pasaron meses en la selva, cautivos de los insurgentes filipinos.

De izquierda a derecha, los padres Mariano Gil Atienza (prisionero de los rebeldes en Baler y testigo exterior del asedio), López Guillén y Minaya, tras ser liberados por los estadounidenses en junio de 1900. Pasaron meses en la selva, cautivos de los insurgentes filipinos.

En lo que sería un duro golpe para la guarnición, fray Cándido Gómez Carreño fallecería a consecuencia de la enfermedad el 27 de septiembre, y recibiría sepultura en el presbiterio de la iglesia. Sus restos permanecerían allí hasta diciembre de 1903, cuando por fin se dio permiso para la repatriación de los cadáveres de los muertos durante el sitio. Tras una ceremonia de exhumación en la que tropas norteamericanas rindieron homenaje, los cuerpos fueron trasladados en el vapor Mauban hasta Manila, y de allí a España, a bordo del Isla de Panay, que zarparía rumbo a Barcelona el 15 de febrero de 1904, para encontrar descanso final en el cementerio de la Almudena.

 

“Hermano, morir habemos.

Hermano, ya lo sabemos”

DSC_1474Fray Cándido Gómez Carreño en 1898 MIniaturas

En homenaje a fray Cándido Gómez Carreño, párroco de Baler, hemos querido dedicarle una miniatura exclusiva, de regalo en la Colección Filipinas.